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Son muchos los que  nos hablan de las ventajas de ser positivo, de observar a nuestro alrededor poniendo los ojos y el pensamiento en la parte buena que tiene cada cosa que nos ocurre. Si consiguiésemos funcionar así con asiduidad, parece que “nos dejaríamos vivir un poco más tranquilos”

¿Pero qué pasa si nos falta el propósito? Hay situaciones, como ésta, en las que no tienes dónde poner un pensamiento positivo, sencillamente porque no ocurre nada que te invite a  elegir dónde mirar. 

Alguien, no hace mucho  tiempo, me  comentó que cuando tenía que hacer algo que no sabía resolver y lo conseguía notaba el cosquilleo de la íntima satisfacción, el calor del reconocimiento propio y ajeno,  el estímulo de estar ocupado con concentración, la satisfacción de pelearse con sus dificultades y ganarles terreno. En definitiva, le hacía feliz comprobar  que es capaz de resolver problemas y de aprender.

Resultó que el 95% de sus días sabía de sobra cómo resolver lo que tenía que hacer sin el más mínimo esfuerzo, así que sus posibilidades de gozar de la brega de superar contrariedades estaban reducidas a la mínima expresión. Era un mundo sin tropiezos, sin miedos, de conocimiento y control.

Y sin embargo, en lugar de hacerle feliz, ese 95% de tiempo fácil empezaba a pesarle como una losa; y el otro 5% interesante era un trabajo esporádico cuya continuidad no estaba en su mano. O lo que es lo mismo, tenía en el alero su  satisfacción.

Tenía frente a mí una persona que, como muchos de nosotros,  es capaz de saber que necesita retos para alimentar su felicidad, y  destina un 5% de su vida a darle satisfacción…

Si buscamos algo, ¿es que nos estamos inventando los retos? ¿nos estamos engañando buscando un placebo? ¿los retos se inventan? Ciertamente creo que este no es el problema.

Pensemos sobre varias posibilidades:

¿Qué  tal identificar algo que no sabemos y hacer lo necesario para poder aprenderlo, por abarcar más?

El aprendizaje por el aprendizaje es una carrera de fondo. La ilusión  y la perseverancia sufren mucho.

¿Qué tal aprender algo  que nos convenga saber para apoyar nuestro futuro profesional?

Nos esta faltando la certeza de la utilidad. Salen argumentos muy rápidos, tales como “…necesito aprender con algo práctico,  hacer para algo…”

¿Que tal sentarnos a reflexionar hoy mismo, y no levantarnos de la silla, hasta encontrar un motivo por el que ponernos a trabajar en lo que nos aporte un poquito de satisfacción?

¡Ese es el objetivo: encontrar uno a toda costa! Buscar en él nuestro beneficio, o el de nuestro entorno, o el solidario… Basta de pensar si tiene que ser grande, pequeño, útil, difícil, aplaudido … Sencillamente lo necesitamos para nosotros.

Nuestro motivo, el que quiera que sea, ya es grande si nos garantiza que ese 5% de satisfacción que ya tenemos nunca va a ser menos; ya es grande porque el dominio de ese trocito de nuestra vida empieza a ser más nuestro y menos de los demás;  ya es grande porque además estamos trabajando por ampliarlo con nuestro esfuerzo; ya es grande porque, ahora que tenemos una finalidad, todo lo que nos vaya pasando en el camino tendrá sentido.

Hacer este ejercicio de búsqueda urgente, ¿es auto-engañarse, o más bien es cuidarse?

 

 

 

 

Cuando faltan los propósitos…¿Qué podrías hacer por ti sin pensar que te estas engañando?
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